martes, 24 de abril de 2012

Cristina escribe a Katie



















Mi querida Katie:

Se nos agota el tiempo, ocurre siempre que se quieren decir muchas cosas y saber mucho el uno del otro, la una de la otra, todo sobre ti.
Ahora que vuelvo a acostumbrar la mirada a esta nueva dimensión y a este lugar que me ha tocado, se ponen boca abajo las coordenadas de vuelo y me preparo para ser disparada otra vez por esta fuerza centrífuga que tiene que ver con los precipicios, los abismos, las luces y los círculos.  
Porque tú y yo, Katie, ambas estamos en el mismo círculo, girando en el mismo sentido pero a velocidades diferentes e inconstantes. Solo coincidimos cuando la velocidad de una se acomoda a la de la otra, cuando percibimos que no es una sombra lo que nos acompaña, sino otra persona a la que se debe buscar.
Tu idea me obliga a ser más lenta; solo de esta manera puedo situarte más allá de las intuiciones o las sospechas. Te encuentro en la causa de mi asincronía, y cuando lo hago tu voz es clara y me regaña con vehemencia,
«tenías que haber esperado un poco más» gritas «has llegado demasiado pronto» me reprochas.
Porque piso sobre tus huellas cuando todavía tú las estás pisando, porque ocupo tu espacio un microsegundo después de que decidas abandonarlo, y repito tus palabras durante su eco, y trago tu aire, y lavo tu cara, visto tu cuerpo, peino tu pelo, me duele tu cabeza, y tengo tu misma hambre, tu misma sed; huelo a ti, huelo como tú, persigo y devoro tu estela, y he llegado a soñar con todas las cosas que te pertenecen con una claridad solo asumida por la propia vida en los dudosos estados de vigilia.
Nos hemos cruzado muchas veces en esta ciudad, Katie, te veo haciendo footing por las calles, muy temprano, vestida con un pantalón corto negro y una camiseta blanca, veo tu cara roja, tus cuadriceps rojos, tu mirada roja, tu pelo rojo, y me quedo esperando a que pases por mi lado para poder preguntarte qué y cómo, dónde, por qué, para qué.
Puedo verte sentada en el Pacific Center, comiendo tus verduras mientras ejerces de espía; y siento tu miedo como un sudor frío que me recorre la espalda. Te veo en tu silencio por el lado izquierdo, esforzada en ignorar los sonidos de la decadencia, mirándolo todo con curiosidad pero también con cierto hastío. Te veo en tu contradicción porque es la mía, y copio tu torpeza porque soy diestra y tú eres zurda, porque yo camino rápido y tú prefieres los pasos cortos.
A mí también se me rompen los vaqueros a la altura de la rodilla, se me caen las tapas de mis zapatos y cojeo como un pirata, pierdo botones que nunca sustituyo, se me disparan los desaciertos, uno a uno, como el fuego a discreción.
Y todo esto, querida Katie, porque yo sigo detrás de ti antes de que te hayas marchado, porque he llegado pronto, y tu exhalación es mi respiro, estamos en el mismo latido del corazón: tus aurículas en mi sístole, mis ventrículos en tu diástole.

UN DÍA de no hace mucho tú y yo llegamos a cruzarnos por la calle, y fuimos capaces de esperar una frente a la otra cinco segundos. Yo te reconocí desde lejos. Te miré y te reconocí en seguida porque estabas dentro de la que estaba siendo yo. Era como verse en el espejo de las desapariciones y acabar por fin con la nostalgia del futuro.
Fueron cinco segundos.
Yo conté primero. Y luego tú. Y luego yo. Y luego tú. Y luego las dos a la vez.
UNO
TWO
TRES
FOUR
CINCO / FIVE
Y el círculo volvió a propulsarnos hacia otras latitudes sin que pudiéramos decirnos adiós.
Tu piel es clara, como la mía, somos de la misma altura, tu sonríes más que yo, y yo suelo reír más que tú. Nos gusta el color negro pero vestimos de color amarillo cuando llueve. Nos rebelamos. Tú, Katie Malone, te has rebelado demasiadas veces en tu historia, tantas, que podría decirse que tu identidad tiene más que ver con tus actos subversivos que con tus actos por convicción.
Y ahora que han pasado todos los días por nuestra historia, siento que se nos agota el tiempo.
El círculo se ha convertido en una elipse, y estamos la una frente a la otra de nuevo. Debo advertirte aunque ya lo sabes: esta elipse volverá cambiar dentro de quince días y tú y yo no seremos más que otros dos puntos brillantes en un universo lleno de puntos que brillan. Dos puntos distantes y paradójicos, a años luz de volverse a encontrar.

Yo estoy ahora frente a ti. Tú estás ahora frente a mí.
Él me dijo que el mundo era una cuestión de luces y sombras. El hombre que convirtió los imposibles en posibles me dijo una tarde: 
"el mundo es un poco como la evolución de la fotografía, si antes buscábamos las sombras para encontrar las luces, ahora perseguimos las luces para encontrar las sombras"
¿Es eso entonces, mi querida Katie? ¿es este el único camino para llegar a ti? porque de ser así, si es así, tú deberás hablarme primero de tus luces para que yo pueda encontrarte a través de tus sombras.


Cristina

domingo, 8 de abril de 2012

La descompresión. Katie por la izquierda


Percibo la caída libre y en picado. Percibo el dolor de muelas. Lejos, pero donde estuvo. Y percibo el apéndice despegándose de su carne para doler otra vez.
Hoy me afectan partes del cuerpo que pensaba no existían más que en los libros. Partes, que no son mías o que lo han sido y también lo son de ella, que le pertenecen más a ella que a mí.
Hoy siento dolor en el oído izquierdo. Y los pies ligeros. Y saltos, y un dolor de espalda que se concentra en el cuello.

De Katie solo podemos saber que tenía un esguince mal curado en su tobillo izquierdo, y que este hecho podría haber hecho de ella una excelente funambulista, una portentosa bailarina de sublimado plie; podemos saber que tuvo un problema serio en el oído izquierdo, y que a veces sentía cierto pudor al tener que admitir que no escuchaba bien las cosas que sucedían en ese lado, que se perdía la mitad de la vida, y que necesitaba que las personas le hablaran altísimo si acaso insistían en intentarlo desde ahí. Sabemos también que tenía la piel blanca, mucho, palidez extrema, y ojos azules, y alergia a las nueces, y una inopinada costumbre de cantar en la ducha una especie de country aflamencado de notas imposibles, y dolor de espalda, de cuello, de trapecios, dolor.  

Kuo Li la busca.
La está esperando a la salida de la tienda de firma en la que trabaja. El día ha sido espeso, denso, gris, uniforme, y hay muchas cosas que deben decirse hoy mismo, ahora, justo después del saludo.
Kuo Li se coloca en el lado izquierdo de Katie.
Ella camina, escucha sus tacones sobre el asfalto. Está cansada.
Kuo Li a la izquierda.
Katie.
Silencio.
Silencio.
Silencio.
Silencio.
Silencio.
Cruce.
Esta noche me apetece que hablemos de cuando éramos niños.
Semáforo.
Silencio.
Silencio.
Silencio.
Coches. Voces. Máquinas.

Silencio.
Silencio. Silencio. Silencio. Silencio. Silencio. Silencio. Silencio. Silencio. Silencio. Silencio. Silencio. Silencio.
Silencio. Silencio. Silencio.

Katie es ligeramente empujada desde el codo hacia atrás.
Kuo Li está frente a ella. Expectante. Sus ojos no pueden estar más abiertos.

- ¿Qué me dices? No te quedes callada, por favor
-      
-       Katie, dime algo. Lo que sea.

-       ¿Sobre qué?

Pues eso V


-       Qué susto… pensaba que me había cortado un dedo.
-       ¿Y eso?
-       Es que me he rozado la última falange con este cartón de aquí, y he tenido una sensación terrible de miembro fantasma.
-       Lo que no se ve no existe.
-       Lo que no existe no se ve.
-       Lo que no se siente…
-       … no se ve.
-       Lo que no se tiene…
-       … ni se siente, ni se ve.
-       Pues eso.
-       Pues ya lo sé. 

 

sábado, 24 de marzo de 2012

Estar antes de estar. Katie. Shiro. Sashimi


Letras rojas sobre fondo blanco.
Ventanas en cuadrícula.
Techo bajo.
Colores blancos, negros y rojos.
Esquina.  
Shiro. Restaurante japonés Shiro.
Ella pasó por la puerta varias veces antes de decidirse a entrar.
Tardó en hacerlo porque sabía que aquel era un lugar importante, un lugar de verdad en medio del paraíso artificioso de las plazas de carretera, impermeable al efecto del salón de Gigi (nails repair) al de la pizzeria Stevestons, y al de la tienda de ropa de lujo para mascotas, Pet shop boys, Canadá.
El único sitio de verdad.
Y solo para los momentos importantes.
Porque era Japón. Y podían verse los almendros en flor reflejados en el cristal.
Porque era Japón, y caían las cataratas de las montañas para convertirse en lagos.
Porque era Japón, y los ancianos reían entornando los ojos recordando alguna cosa de cuando eran niños.
Agachó la cabeza, Katie, cuando abrió la puerta. Retiró las telas de bienvenida de color granate envejecido, y sonrió cuando vio el lugar. Pequeño. Mínimo. Como el salón de una casa.
La camarera la saludó como si la conociera de antes de entonces, y la invitó a sentarse en la barra, en el lado derecho del semi-cuadrilátero donde los dos cocineros no paraban de hacer magia.
Nada por aquí- nada por allá. Apenas se distinguían las manos en esa disciplina de velocidad sincronizada, y un corte maestro repetido varias veces, clac, clac, clac, clac, clac, clac, clac, clac, clac, clac, clac, clac, clac, clac, clac, clac, clac, clac, clac, clac, clac, clac, clac.
Katie bebió su te con ese sonido pululando como una abeja.
clac-clac-clac-clac-clac-clac
Te de sabor a tierra
clac-clac-clac-clac-clac-clac
Hierbas diminutas
Clac-clac-clac-clac-clac-clac
La carne de un pescado rosa
Clac-clac-clac-clac-clac-clac

Katie le dijo a la camarera lo que le pasaba: se lo contó todo al oído resumido en dos frases que solo pudieron escuchar la camarera y ella.
Y la camarera, abrió mucho la boca y dijo muy bajito “Sorry”
Le tocó la espalda por detrás, justo entre la escápula y el trapecio.
Los cocineros/magos indagaron en el Sorry.
En los minutos que siguieron, Katie había discriminado todo lo que se encontraba en ese salón y no fuera su plato de comida que acababan de servirle con la misma expectación que un nacimiento.
Había obviado a los tres tipos sentados en el lado perpendicular de la barra, al que leía el periódico, al que escuchaba música a través de sus cascos mientras comía, al que hacía fotos al sushi; había discriminado al grupo de cuatro mujeres muy mayores y muy sonrientes, cargadas con bolsas de la compra situadas en el extremo opuesto, y a la pareja callada junto a la ventana, que miraba ella por la ventana, y miraba él como ella se iba alejando con la vulgaridad de los viajes cortos, despacio, sin decir nada, sin mirar atrás, con la intención puesta en el regreso; había obviado a la pareja con los dos niños, sentados junto a la puerta, detrás de ella; había obviado todos los ruidos circundantes, el de la tele, el de los coches aparcando, el de la camarera que cobraba y atendía en el lado opuesto. 
Solo ella, Katie y su plato. Y los colores rojos, rosados, blancos, marrones, amarillos, y verdes.
Y el olor que entra lento.
El sonido de los palillos.
La belleza de lo curvilíneo.
El brillo anticipado de la saliva.
Primer bocado. Morder. Devorar. Tragar.
Cerrar los ojos.
Llorar por dentro.
Los magos.
Llorar por fuera.
Beber te.
Una explosión.
La textura.
La lengua.
Llorar por dentro.
Abrir los ojos.
Tocarse la tripa. 
 
Y salir de allí pensando que sí, que siempre es posible, que las cosas a veces, que sí, que sí, que sí, que es y puede ser.
Salir de allí despeinada, con las mejillas sonrosadas, la mirada perdida, el corazón acelerado y un último jadeo comprometido con cierto estado de éxtasis animal. Como si acabara de hacer el amor y los almendros en flor de Japón hubieran estado mirando a punto de decir también que sí, que sí, que sí, que puede ser y seguramente sea. 




domingo, 18 de marzo de 2012

En la espesura. Katie estuvo aquí


Parece una selva primitiva.
Los pájaros hacen su trabajo y avisan de la llegada de la intrusa. 
Nunca tengo botas preparadas para el viaje, lo sabe mi hermana, parece que la oigo desde aquí ofreciéndose a comprarme unas, y ya siento los pies mojados cuando atravieso el césped que va hacia ninguna parte.
Asciendo por un camino asfaltado muy estrecho, veo a más gente por allí y decido seguir a los que me parecen más avezados, los que conocen el terreno y van hablando mirándose a la cara y no el suelo que pisan.


Me canso, 

Cuando me canso, alcanzo al paraíso. 
Una planicie resuelta en verde, árboles diseñados en jardín sin arbustos, lago, puente de piedra, flores, helechos, musgos, y bancos en memoria de  los amados. 
Apenas puedo nombrar una sola especie de este paraíso, no puedo nombrar más que a los chopos (si los hubiera). Pero los cuervos pueden, lo hacen siempre, graznan algo desde arriba.
“Quien pase por delante de mí y me salude, tendrá 2 años de buena suerte”
Solo hasta 2013, no alcanzo más.
He repartido unos doce años en veinte minutos. Yo misma, la especie misma en colores granates y amarillos dando suerte hasta a las caracolas. 
En lo más alto, el Conservatorio de aves y de especies de plantas imposibles. Se entra a la burbuja y se visita Nueva Zelanda, Madagascar, los Trópicos, el mundo entero en el privilegio de una semiesfera. Huele muy bien, y los sonidos son deliciosos.
Un pájaro amarillo me mira, nos miramos, pasea delante de mí varias veces mientras yo intento un dibujo de su árbol favorito.
El pájaro amarillo. El árbol de color negro en el papel.
Me conoce de antes, el pájaro, quizás de antes de Katie o de Katie misma. Si pudiera hablar como los otros, diría mi nombre.
Katie.
El azul, aquel de plumas azules y rojas semiescondido en lo más alto, siempre decía el nombre de Katie alto y claro.
Luego dejó de hacerlo, al parecer dejó de gustarle el eco.





 

sábado, 17 de marzo de 2012

La caída


Si solo me fijo en su jersey, en sus gafas impecables de pasta, en su pelo arreglado y en su mirada precisa, diría que es un tipo normal, quizás un profesor de universidad o de un colegio, que se acaba de sentar frente a mí en la Biblioteca.
Pero le veo las manos, rojas, violáceas, hinchadas, las uñas destrozadas, algún nudillo comprometido en la lucha, y pienso que sé de donde viene y que puedo adivinar dónde está ahora.
No está escribiendo nada, sin embargo cambia continuamente de bolígrafo, negro y rojo, y compara los garabatos que compone en una libreta pequeña, un listín de teléfonos, con otra más grande. Extiende sus manos sobre el papel como si éste fuera a precipitarse por el espacio interestelar.
A su izquierda ha dejado una caja de plástico de tapa azul sobre la que se lee “Tools”. Son medicinas. Muchísimas. Y fuera, un inhalador.
 

No me ha mirado ni una sola vez, lo que lejos de molestarme me ha parecido magnífico: su concentración es admirable, y yo sigo siendo invisible, quizás solo transparente los días que hace sol, y los días que llueve... 

miércoles, 14 de marzo de 2012

No estar, pero caminar como si se estuviera; El hombre pantera y Katie


Hay un hombre en pijama de cuadros y zapatillas, que se pasea de noche por la ciudad de Vancouver mientras todos duermen en los rascacielos. Puede ver en la oscuridad. Lleva unas gafas de pasta negra, aparentemente gafas de dioptrías y miopías, pero realmente gafas de ver de cerca y leer las mentes.
Es un hombre pantera. Lo sé. Puedo reconocerle fácilmente porque camina como los hombres pantera, a saltos, con los hombros ligeramente echados hacia delante y los brazos flotando como dos aletas a lo largo del cuerpo. Digo aletas porque este hombre también ha vivido mucho tiempo en el agua, y a veces siente una nostalgia intolerable del agua y de las olas, y se levanta en mitad de la noche a las 4:37, abre la puerta de su casa en Madrid, y empieza a caminar hasta llegar al océano. Al Océano Pacífico.
Cuando se quedan a oscuras, el Océano y él, respira muy hondo, se quita las gafas para ver bien de lejos, y suele tararear una canción que se puso de moda en 1993.
Esta sentado en un tronco en mitad de la arena. Detrás de él, toda la noche, y por delante, olas calmadas, montañas que se insinúan, una luz de un barco naufragado, un amor desesperado, botellas de cristal flotando, peces abisales dejándose ver, y por fin, saberlo todo durante dos segundos sin tener que preguntarse toda la vida qué se está buscando.
Esa es la noche para el hombre pantera; Ese, el océano. Y ya no hacen falta ojos brillantes para llegar a la razón última de las cosas porque basta con el mar, la noche, el pijama y las zapatillas.
 
“Hace frío, ten cuidado” Katie le ha visto y le previene
“Cuidado ¿por qué? Soy un hombre pantera, no le tengo miedo a nada”
“Tú tienes pinta de pasar mucho frío y vas en pijama caminando por ahí”
“¿Cómo es la pinta de pasar frío?”
Katie le hace un gesto con los ojos “Esa pinta. Además deberías peinarte un poco el tupé. No puedes presentarte en el Pacífico tan despeinado”
El hombre pantera se pasa la mano por el pelo para arreglárselo un poco. Todo lo demás es impecable.  
“Todo lo demás es impecable, no me fastidies”- se pone las gafas- “Ah, eres tú, había oído hablar de ti”
“¿Y?” Katie se da la vuelta y se va.
“¿Por qué te vas tan rápido?”
“Yo siempre me estoy yendo, no me fastidies tú tampoco”- Katie ya es una sombra en Davie Street.



lunes, 12 de marzo de 2012

Té rojo. Carne tostada. Pescado seco









“Pero ¿tú hablas chino?”
“Schssst, calla, eso no importa”
“Bueno, es que estás haciendo como que lees un periódico en chino”
“¿Quién te ha dicho a ti que yo estoy haciendo como que leo?”
“Eso no me lo dice nadie, eso lo veo yo”
“Todo en la vida es puro simulacro, vete acostumbrando”
“Pero es que tú no pasas por china, y tampoco por conocedora del idioma”
“Y tú no existes y aquí estamos hablando los dos”

En el Chinatown de Vancouver, poco después de pasar las dos casas de acogida, las farmacias para la metadona, la casa de asesoramiento para toxicómanos y para alcohólicos, el mercadillo de objetos presuntamente robados, y la comisaría de policía, hay una chica con un abrigo azul muy feo, que está en una tienda de té, hablando con la vendedora.

La chica le pregunta la diferencia entre este de aquí, y este otro de allí, la señora le contesta algo que tiene que ver con el tiempo de secado de las hojas y con la altura de la zona en la que crecen.
La señora mira el periódico que lleva en la mano esta chica, un periódico ya manoseado como de haber sido leído varias veces, y decide cambiar el idioma de su explicación de inglés a chino.
La chica, en ningún momento pone cara de no enterarse de nada de lo que le está contando la mujer, y hace todo lo contrario, asentir un poco con la cabeza y decidirse por uno de los tés, el rojo.
La mujer sigue hablando en chino. La chica del abrigo azul sigue sin decir nada, aunque se acuerda de algo, le llega un pensamiento, un silbido en su oído, una especie de sensación conocida y entona con perfecto acento de Jiangsu un 我由衷感您。


sábado, 10 de marzo de 2012

Katie Malone, atiende


Viernes

Katie toma su descanso de todos los días a la misma hora. 11:50
A las 11:57 ha llegado a la cúpula del hall de entrada del Pacific Centre. Se sienta en uno de los laterales de la derecha. Abre su Tupper y saca con delicadeza un sandwich de pollo ahumado con tomate fresco y queso.
A su izquierda un hombre habla por teléfono.
Son las 11:59 cuando Katie da su primer bocado y el hombre dice exactamente las siguientes palabras en español:
“Es fácil robar esa casa, hazme caso. No hay perro y dejan la ventana del salón abierta”
Son las 12 a.m cuando Katie tose tres veces.
Una.
Dos.
Tres.
El señor de la izquierda la mira pero no dice nada. Ella, no mira pero se sabe mirada porque tiene muy desarrollada la visión periférica.
A las 12.01 el señor comenta lo siguiente:
(silencio)
A las 12:02 el señor dice esto:
“Vale, vale, no lo sabía, perro sí tienen, vale, pero se le puede encerrar en la cocina, ¿no?”
Katie quiere mirar sin ser vista. Se fija en el abrigo azul marino de paño. Es viejo. Arrugado. Se fija en el vaquero también azul desgastado. En las zapatillas de deporte negro, afortunadamente sin velcros, y en una cicatriz profunda en la zona de su oreja derecha.
Ahora el señor la está mirando a ella.
“Espera, me está mirando una tía como si me entendiera”
Son las 12:04 cuando Katie finge que saluda a alguien detrás del señor.

“Ah, no, no. Está todo bien”
A las 12.05 a Katie se le ha caído el tomate de su sandwich al suelo. 




miércoles, 7 de marzo de 2012

El cielo se deshace. El sol estalla. Un oso



El cielo se deshace, el sol estalla, 
las nubes se convierten en archipiélagos y entonces busco al oso para detener esta invasión poética que empieza por Whistler. 

Alguien grita que ha visto uno, “He visto un oso” 

Otros dicen que es imposible "Los osos hibernan. Eso lo sabe todo el mundo"
Pero ¿de dónde salen estas garras? ¿y a qué viene esa cara de sorpresa?
-       Te dije que podríamos ver osos en Vancouver
-       Creo que me dijiste muchas cosas que no eran demasiado fiables
-       Confía en mí, ¿Ves aquél árbol?
-       Claro
-       ¿Puedes ver detrás del árbol?
-       No, no puedo
-       Yo te digo que el oso está justo ahí, detrás del árbol, está escondido
-       ¿Justo dónde no puedo ver nada?
-       Dónde no puedes ver nada
-       Entonces lo del oso es una cuestión de fe, ¿no?
-       ¿Hay algo que no lo sea? 


Acto de fe nº1: el oso está a la derecha de la imagen









Katie, from Spain


El hombre lleva anotadas todas las cosas que necesita saber en un pequeño trozo de papel que guarda en la funda de sus gafas.
Katie, seguramente, estará sentada a su lado preguntándose si debería cerciorarse de que sabe en qué país estamos y qué día es hoy, pero dado que ella misma admite desconocer la respuesta de la segunda cuestión, decidirá concentrarse en los calcetines blancos del tipo que acaba de sentarse frente a ella, y que lleva consigo una revista con la portada de una “top model” en bikini.
El tipo tiene los dedos índice y anular de la mano derecha sobre el cuello y el pecho de la modelo, y los cuatro dedos de la mano izquierda, tapándole las piernas hasta la altura de las rodillas. La imagen que resulta de esa censura digital, le parece a Katie que se acerca mucho más a una de esas enanas de circo del siglo XIX condenada al espectáculo de la miseria que a una modelo cotizada.
"El tipo tiene la cabeza muy pequeña", pensará Katie al tenerle más cerca “¿Por qué siempre me fijo en el tamaño de las cabezas?” e intentará calcular después la talla de su abrigo y la previsible talla de sus pantalones.
Katie, sin darse cuenta, habrá hecho algunos gestos con las manos para medir todo eso en el aire. Y así, palpando en el aire y mirándose las manos, podría pensar en lo interesante que es la idea de ser otro aún siendo uno mismo, y si en caso de existir esa posibilidad, ella sería feliz siendo, por ejemplo, española en lugar de canadiense.
Después de unos momentos de ausencia dirigida hacia este pensamiento lleno de sol, de playas excelentes y crisis financiera, Katie deducirá que la obsesión que tiene por las tallas y los tamaños de las cosas, es debida a su trabajo, “Toda la vida vendiendo ropa, ¿cómo no estar obsesionada”
Katie, recordará la noche en la que estando con Kuo Li en la cama mirando al techo, le dijo despertándole de un sueño profundo:
“Yo sé calcular las tallas de toda la gente del mundo. Me basta echar un vistazo a la silueta para encajar a las personas en un número ¿qué te parece?”
Kuo Li, terminando de abrir los ojos e intentando dilucidar si lo que acaba de escuchar era un sueño o la alocución de un fantasma, miró sorprendido a su derecha.
“¿En qué idioma has hablado, Katie?”
“En el mío”
“No, no, tú has hablado en otro idioma”
“Qué bobada, yo solo sé hablar inglés”
“Pues creo que era español, Katie”
“Imposible, yo no he podido hablar en español porque no sé hablar español”
“Ahora estamos hablando en español”
“Oh, dios mío…”

¿Realmente sabía? 
Volverá Katie a esta idea y recordará la sensación de profunda extrañeza que tuvo cuando su voz sonó en español en mitad de una noche silenciosa.
Agachará la cabeza Katie preguntándose si debería consultar con algún experto la posibilidad de que efectivamente ella tenga una doble, o que ella sea la doble de alguien que es ella misma pero vive en otro lugar. "Idea manida, ya lo sé", pero será en ese momento de cambio de posición física y de mirada hacia el suelo, cuando Katie se encontrará con los zapatos del tipo de la cabeza pequeña, zapatos de suela bien ancha, como los amortiguadores de un trailer, y… velcros. Velcros. Los zapatos llenos de ellos.
“No lo soporto” pensará Katie un poco azorada. Y presa de una desesperación inaudita, tal vez causada por el insomnio de las últimas noches, por el exceso de café, o por la tensión acumulada en la tienda de firma en la que trabaja donde tiene que calcular los tamaños de los traseros para adecuarlos a las tallas de los pantalones y las faldas, la bestia que Katie lleva dentro emergerá desde su aparente calma y gritará enfebrecida en un idioma que pudiera ser español o pudiera ser inglés:

¡¡NO VELCRO. NO VELCRO. NO VELCRO. NO VELCRO. NO VELCRO. NO VELCRO. NO VELCRO!!
Golpeará la mesa tantas veces y con tanta violencia que el señor de su derecha huirá dejándose la funda de las gafas con las gafas y la nota sobre la mesa (restos de un naufragio).
El tipo de los velcros, por su parte, amenazado, humillado, y posiblemente sobrepasado por la situación, echará la silla hacia atrás y se cubrirá la pequeña cabeza con la revista de la top-model en la portada.
Katie, no podrá contener una carcajada al contemplar la escena de la revista envolviendo casi por completo la cabeza pequeña del señor de los jodidos velcros imperdonables, y será el contraste entre su propia risa y sus voces, lo que alertará no solo a los miembros del staff de la librería-cafetería, a todas las mesas, al guarda de seguridad de la planta de abajo que subirá corriendo y se torcerá levemente el tobillo derecho en la escalera mecánica (“fuck!”), sino también a la gente que observa entretenida al otro lado del cristal cómo una muchacha bien vestida, de talla 38, sobre tacones aspirantes al Olimpo, de maquillaje y peinado impecables, grita y sonríe al mismo tiempo mientras es retirada de la escena y llevada a un lugar en el que poder calmarse. 
“Se me da fenomenal adivinar las tallas de la gente. No fallo ni una"
y a dormir.


sábado, 3 de marzo de 2012

Corea 10- Japón 10, o cómo no hacer tortilla de patata


Bool Go Gi por parte de la delegación de Corea, Okonomiyaki por parte de la delegación de Japón, y pasta italiana hecha por una escisión de la misma delegación japonesa.
Las croquetas están olvidadas. También la tortilla de patata y la paella; todo eso está olvidado. Aquí, ahora, en Vancouver, solo se come Bool Go Gi y Okonomiyaki con palillos de la China. Se bebe Gin-Canadá fresquita mientras suena algo de jazz del siglo pasado.

-       ¿Puedo hacerme una foto contigo?
-       Claro que sí, Masha
-       Es para mi madre
-       Lo que quieras…
Y entonces parece que escucho cómo Masha toca el piano en el salón de la casa de sus padres en Kazakhstan. Es una sinfonía rusa y hace mucho frío. Ha entrado a mi casa con los dedos helados y la cara muy pálida.
Cada vez que Masha te mira parece que te quiere pedir alguna cosa importante, algo que le nace muy de dentro y que es esencial. Es todo lo que guarda después de inviernos duros y canciones tristes sobre amigos que se fueron. Brindan con alcohol pero ella no bebe porque tiene que estar perfecta para la siguiente canción del repertorio. No terminará esta noche y Masha seguirá tocando su piano hasta que consiga que el frío se vaya.
 

Le pregunto si se encuentra bien.
Me contesta en inglés con acento ruso que no le pasa nada, que está feliz, pero necesita hacer una llamada a su marido que vive también en Vancouver y se ha quedado solo con los dos gatos que acaban de adoptar.
-       ¿Puedo salir un momento de tu casa?
-       Por supuesto. Avísame cuando quieras entrar de nuevo
-       ¿Sabes?... estoy feliz, sí, me gusta esto. Ayer me preguntaste si me gustaba estar aquí y te dije que sí, pero, me gusta y no me gusta... ¿sabes? aquí, bueno, está mi marido, tengo que estar aquí, pero aquí echo mucho de menos a mi familia
  
Masha tiene 22 años.

miércoles, 29 de febrero de 2012

Las huellas dactilares de Katie


-       Un libro de Le Clézio abierto por la página 12
-       “Viaje a Rodrigues”
-       La tapa de un tacón de un zapato italiano, en el cruce entre Broadway con la 17, 18, 16, 14 o 12
-       El envoltorio de una Muffin de zanahoria
-       2 carnés falsos de bailarina de claqué, y de profesora de yoga
-       Un vale para una caipirinha a mitad de precio
-       Un vale para un viaje gratis a Seattle
-       Una flor de origami de color naranja
-       La huella de su trasero en el suelo nevado. City Hall
-       Un pañuelo de seda
-       Un guante. 

-  El otro, con la tapa del tacón 
o con la huella del trasero

Pues eso IV


- ¿Susto o muerte? 
-... ¡hola!... ¿susto o muerte? 
-... ¿hola? 
-... ¿Susto o muerte? 
-... ¿hola?
-...
-...
- ¡Pues muerte!





Pues eso III


- Qué mal se ve hoy la luna
- Pues no lo sé, llevo toda la vida mirando al frente
- ¿Y cómo te crees que estoy yo? ¿Con el cuello a lo rotaflex? Era por sacar conversación, mujer…
- Ah, vale, entonces sí, la luna se ve de culo 
- Pues eso 
- Eso 
- Eso 



lunes, 27 de febrero de 2012

Pues eso II


Mmmmm…
Eh… arggg…
Ups!
oh!
uuuuuh! 
Ahhh!
Ey! Psssss… 

Grrrr

Glups

rrrrrr
zzzzzzz


Pues eso


-       Entonces, ¿qué?
-       Entonces, nada, no me preguntes bobadas 




domingo, 26 de febrero de 2012

Vancouver. Primera MicroLey


EL gato tiene hambre.
Hace un viento que corta las ganas de salir a pescar en el Pacífico.
Las Rocky Mountains se están moviendo como aspas de molinos.
Cae la nieve azul sobre la arena de esta playa. 
En realidad no hay nieve en esta playa, pero yo imagino que la hay y me gusta pensar que la he pisado hace un momento y que se vuelve azul e incluso verde de un modo misterioso y singular.
Tomo una fotografía. 

Una chica está sentada sobre una roca.
La miro un rato y no se mueve.
Está dibujando algo.
Por su postura, he pensado que podría ser Sara, danzarina, las dos están rectas y miran al frente. Sara a veces mira como queriendo verlo todo de golpe. 

He pensado en gritar muy alto "¡Ey, Sara, hola, soy yo!"
Pero no lo he hecho. 
Luego sí, total estoy en Vancouver. 
Lo he hecho pero no me ha oído. Sigue dibujando lo que sea que esté dibujando.
Intentar dibujar las montañas y las nubes, intentar dibujar el mar, todo eso es una gran osadía.
 
Un grupo de franceses dice algo a mis espaldas en francés. 
Me doy la vuelta y me hablan a mí en su idioma.
Contesto muy sonriente Comantalevú, MerciMerci, consíconsá. En Canadá empiezo a escribirme mis propias microleyes, las que escribo sobre todos los sitios en los que termino teniendo un lugar al que llamo casa. 
Y esta primera microley viene a decir algo así como:
La mayoría de los canadienses piensan que tú también lo eres. 
Encantador


El Pacífico y la que podría ser Sara; La que podría ser Sara y el Pacífico.
Mientras, los franceses me han dicho una cosa en francés.
Y luego yo hago una de mis microLeyes absurdas para Vancouver


Juego de gatos y llamada de teléfono. Katie, dime.


Supongamos por un momento, que el gato A, gordo, rechoncho, de piedra picada en mina torda, áspero al tacto, sin definición y guardián de la casa, supongamos que el gato A tuviera algo que ver con el gato B, en cierto modo estilizado, reposado y a la vez expectante, mirada fiera, anciano y contundente.
Supongamos que el gato A y el gato B, fueran los dos la representación de una misma cosa.

En caso afirmativo, habría que concluir que tengo un gato sagrado, el gato A, custodiando una de las puertas de mi casa en Vancouver.
Habría que añadir también, que el gato A no es sino una gata (como lo es el gato/gata B) y que por obvias alusiones a las deidades del Antiguo Egipto de la segunda, se deduce que tanto A como B son una representación de la Diosa Bastet, protectora del hogar, símbolo de la alegría, la felicidad y del buen vivir.
Se deberá pensar entonces en la época de Ptolomeo III, y por tanto en el propio Ptolomeo III, casado con Berenice, que murió envenenada a manos de uno de sus hijos, el mayor, tal vez, el más audaz, el más rápido, el más odiado; el mismo que la hizo llorar en los minutos previos a sus póstumos.
"El mismo dolor del parto para mi muerte" 


Berenice, la misma mujer que habría sacrificado su magnífica cabellera en virtud de la protección de la vida del conquistador Ptolomeo, ella, la mujer, la reina, la consorte, ella juró en voz baja una cosa esencial que nadie puedo escuchar porque todos estaban lejos.
No hubo nadie para acompañarla hasta la puerta del templo de Bastet. La divinidad la comtemplaba desde su trono, sin mover un ápice de su cuerpo de piedra violentado por la trágica muerte de una reina. 

Caen monedas con su cara. Es el futuro. 

Nunca más el frío. Nunca más el miedo. Nunca más la sangre. 

Solo el templo dedicado a Bastet y las ruinas de la violencia, solo Afrodita y el recuerdo de su hermosa cabellera, solo las monedas acuñadas con su esfinge, solo el desierto, solo la larga cabellera, solo el hijo, el veneno, y Ptolomeo y solo el desierto y su esfinge, y la piedra, la gata, la diosa y los ojos, y los adioses, y los posibles y la cabellera, y el veneno, y la promesa, el juramiento, y la cabellera.





GATA A


GATA B. ©Consejo Superior de Antigüedades Egipcias


El gato A sigue donde estaba. Gordo y mirando para arriba. Y yo me pregunto, mientras abro la puerta de mi casa, qué fue lo que hizo Katie cuando salió de este apartamento hace ya demasiados días.
Mientras abro la puerta de la misma casa en la que Katie vivió, pienso y veo sus dos maletas esperando ya fuera de todo, sus gestos de despedida. 
 

Sospecho que Katie miró para abajo como miro yo ahora hacia el gato A, y sospecho que se agachó para tocarlo, para apartarlo, para darle la vuelta, para meterle los dedos en los ojos, para lamerle las orejas, yo qué sé. Algo de lo que hizo tuvo que ser inaudito. 
Me pregunto, entrando en casa y cogiendo el teléfono que suena, cómo se sintió Katie la última vez que habló con el hombre que sigue llamándola a esta casa, que me llama y no dice nada cuando descuelgo, excepto cuando él mismo quiere decir algo más que sobrepasa el silencio y la cordura.


Me dice que si está Katie
Le digo que soy yo
Me dice que no es mi voz como la de antes cuando yo era Katie
Le digo que las voces pueden cambiar con el tiempo
Me dice que eso es mentira
Le digo que yo miento muy bien, que conmigo nunca va a saber cuándo le estoy diciendo la verdad y cuando no
Me dice que a Katie no le gustaba mentir
Le digo que él creía que a Katie no le gustaba mentir
Me dice que si estoy insinuando que nada de lo que le dijo Katie fue verdad
Le digo que no es para tanto, que no he querido decir eso, pero que meterse en lo que es verdad o lo que no, es un asunto espinoso
Me dice que Katie tiene una amiga que se llama Berenice
Le digo que venga ya, hombre, que Berenice es una ciudad
Me dice que si yo soy ella, Berenice
Le digo que soy Katie y desde luego no soy Berenice, que nunca he oído hablar de Berenice
Me dice que le estoy mintiendo
Le digo que sí, que alguna mentira le he contado, pero que estoy cansada y que me deje, por favor
Me dice que perdón
Le digo que no hay problema, 
Me dice que busca desesperadamente a Katie 
Le digo que lo sé, que sé que me busca o la busca a ella

Me dice que a veces me llama por teléfono y no dice nada 

Le digo que eso también lo sé, y que por favor me diga algo porque siempre me ha inquietado más el silencio que las palabras
Me dice que lo hará, me hablará
Le digo que adiós
Me dice que hasta luego

Ladrido


Hay un niño que ladra muy bajito. Es como un suspiro un poco más alto de lo normal convertido en súbito gritillo. 

El niño que ladra no tendrá más de doce años y está merendando con su padre en un Waves Coffee de Broadway. Estamos en Vancouver, hoy hace mucho viento. Ha llovido. El padre se toma rápido su café. El niño se come la merienda haciendo trozos muy pequeños con los dedos y ladrando intermitentemente. Se levanta el padre. Le mueve el flequillo al hijo que no deja de sonreír ni de ladrar, los dos se van por donde han venido.


Pienso que lo bueno de Vancouver es que a nadie le importa una mierda quien ladra en la mesa de al lado. 

 
Y por eso me pongo yo a hacer el pato. 
Kuac

jueves, 23 de febrero de 2012

Otros espías


Vancouver. Robson Street. 3:20 p.m
Efectivamente los espías siguen arañando las fachadas de los rascacielos azules de Vancouver. Hoy he encontrado a otros voladores capaces de verlo y saberlo todo. Altos, muy altos, aéreos, cometas, globos aerostáticos, concentrados exclusivamente en los ruidos de sus tripas.
-       Hey John
-       Hey Karl
En realidad solo podemos ver a John en esta foto, Karl deberá ser imaginado al otro lado, tal vez en la azotea, sentado sobre el aparato de refrigeración del edificio, por ejemplo, o haciendo estiramientos mientras sube el volumen de su ipod cuando empieza el último disco de las Kittie, I´ve Failed You, o podría estar Karl poniéndose el polar- quitándose el polar-poniéndose el polar, o quizás llamando por teléfono a su madre que vive en Coquitlam, donde esta mañana han atracado a una señora de su edad con una navaja, y le estaría pidiendo a su madre tranquilidad precaución y siempre prudencia, o estaría Karl maldiciendo a todos los cabrones que asaltan a mujeres indefensas por las calles de los barrios tranquilos de Vancouver. Podría estar Karl tomando sushi mientras repasa mentalmente el último partido de Hockey entre el Toronto y el San Antonio. Podría estar simplemente esperando a John para tomar un café en el Blenz de la esquina, podría estar Karl preparando sus arneses, podría estar rezando, cocinando, meando, escupiendo en las aceras del otro lado, jugando a ser el chico malo del barrio que nadie pilla, podría estar juntando las manos para decir por favor y gracias al mismo tiempo, y podría estar Karl justo ahora mismo, situado en mi misma diagonal de pura geometría interestelar, en esta tangente aérea, haciéndome una foto a mí mientras le apunto con mi cámara imprecisa. Podría estar Karl apostado en algún rincón invisible de esa esquina lateral izquierda, por ejemplo, donde en este momento veo una cosa parecida a un reflejo de una luz que quizás pudiera ser un flash o solo el sol, o un cristal, o el filo de un cuchillo, el filo de la navaja del asaltante de Coquitlam, podría ser cualquier cosa parecida al flash de una cámara de fotos que se acciona en el mismo momento en el que yo hago clic con la mía y entonces somos dos guardándonos la imagen en el bolsillo.
Ellos son dos espías y nada es azaroso, todo es fruto de una estrategia compleja que termina como terminan todas las estrategias complejas de este mundo, con una pregunta. La pregunta. 



Katie, Kuo Li, los ascensores y los lagos de Japón



KUO Li le confiesa a Katie lo siguiente, le dice que hace quince años tuvo una novia con la que iba a casarse en Corea cuyo nombre prefiere no decir en voz alta para no alterar el ritmo natural de las cosas.
Los padres de ella le habían concedido a Kuo Li su mano con una condición, que aprendiese inglés y pudiera cambiar de trabajo antes de casarse.
Él era reparador de ascensores, y por aquel entonces morían muchos mecánicos desprovistos de toda clase de seguridad en las alturas de los rascacielos coreanos. "No queremos que dejes a nuestra hija viuda" le dijeron "cuida de ti y cuidarás de ella" 
Kuo Li, que amaba profundamente a la que entonces era su prometida, se fue a Canadá a aprender inglés con todos los gastos pagados por sus futuros padres políticos. Esa era la idea, ese fue el plan. Pero durante el tiempo que Kuo Li estudió en Vancouver, además de inglés aprendió tres cosas inolvidables:
1.  No le gustaba su trabajo. Efectivamente odiaba las alturas y odiaba la idea de una muerte temprana.
2.  No quería que nadie le dijera lo que tenía que hacer.
3.  Había dejado de amar a su prometida.

En ese momento de la confesión, Katie deja escapar un leve grito de zozobra y mira fijamente a los ojos de Kuo Li que empieza a cantar la siguiente canción japonesa:  
Yo era capaz de volar,


yo era capaz de volar sobre los árboles


del jardín de la Primavera rebosada.


Ahora que la Primavera se ha ido,


He aprendido a nadar,


a nadar en los ríos y en el Ashinoko



Al término de la canción, Katie no puede dejar de mirar a los ojos de Kuo Li, quien ha pasado de ser un pájaro a ser un pez en solo seis versos.
Katie se hace algunas preguntas en silencio y cede su pañuelo de seda blanca con delicados dibujos azules, marrones y grises a Kuo Li para que pueda secarse sus lágrimas de lagos japoneses.
Las preguntas que Katie se hace en silencio podrían resumirse en la siguiente:  
1.   Cómo es posible que un coreano cante con tanta a afectación una canción japonesa, y que además entone la palabra Primavera はる (Jaru) como si nadie más fuera a pronunciarla en la vida, como si la idea de la Primavera se hubiera erosionado con el viento hasta volverse minúscula e imprecisa ¿Cómo pronunciamos las palabras que desaparecen?
Le gustaría a Katie hablar de las palabras que se extinguen, de las que se van, las que se guardan y se olvidan. Le gustaría a katie poder sonreír con ligereza en lugar de intentar adivinar si el lago Ashi en Japón guarda el secreto de los pájaros nadadores de los ríos, el nombre de la prometida, y ese dolor tan profundo de Kuo Li que brota inesperadamente con solo dos cervezas. Sin embargo Katie, en ese instante de extraordinaria transcendencia, sabe que debe levantarse y tomar un poco de aire fresco en Smithe Street, fuera, lejos, un minuto, o dos, sola, aire. 
Y lo hace, se levanta y sale del bar no sin antes pedirle a Kuo Li que por favor le pida a ella un gin-tónic con mucho hielo.